| La Búsqueda de la Armonía |
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There are no translations available. Por: Rodolfo Paredes, Shodan Kalokagathia es una expresión griega compuesta de dos adjetivos (kalos = bello y agathon = bueno) que indica la integración de lo bello con lo bueno (kalos kai agathos). Esta conjunción implica desde la lejana tradición pitagórica, la identificación de ambos conceptos, es decir, que lo bello es bueno y viceversa. Esto nos llevaría inmediatamente a pensar en la belleza física o visible, entendida según los cánones clásicos de simetría, pero aparentemente el concepto es mucho más profundo aún. Se refiere además a la emoción estética producida por la percepción de la armonía y es esa misma emoción, la que hace que el objeto de la percepción sea bueno, digno o noble. Posteriormente, Platón, vuelve sobre esta identidad y es así que en La República la idea suprema es el Bien o lo Bueno y en El Banquete es la Belleza o lo Bello. Pero Platón va más allá. Conceptúa esa fusión como la revelación o desocultamiento (Aletheia: a = sin, aletheia = ocultar) de lo Verdadero. Esa identidad intrínseca de lo Bello, Bueno y Verdadero sugiere además su indivisibilidad y es el principio de la búsqueda de la sabiduría. Con el transcurrir de los siglos, este mismo concepto ha originado diferentes interpretaciones: desde los atenienses del siglo V a.C., que lo identificaban con la búsqueda innata de la perfección del hombre en su aspecto físico, entendido como preparación marcial; y en lo espiritual, traducido en su anhelo de virtud (lo cual ha llegado hasta nuestros días con la máxima latina “mens sana in corpore sano”); hasta Descartes, Kant e inclusive Schopenhauer, que habla de esa coincidencia e indivisibilidad de conceptos como lo Sublime o lo Santo. En este punto, es inevitable pensar en la juventud griega, en aquellas épocas en que Platón era su preceptor, en su entrenamiento físico e intelectual y en lo que desde tiempos antiguos se ha considerado la preparación y el camino del guerrero. La búsqueda de la Virtud y del Bien y la preparación física que esta búsqueda implica, como equilibrio entre el cuerpo y la mente, es una constante en todas las sociedades que han tenido una casta guerrera, privilegiada con una educación esmerada. A siglos y kilómetros de distancia, desde Oriente, nos llega otra filosofía que bajo premisas y conceptos distintos, pondera esa misma identidad de principios, esa misma identidad del Bien y la Virtud, de lo Bello y lo Verdadero. Y coincidentemente esa filosofía habla de la búsqueda de esa identidad, entrenando tanto el cuerpo como el espíritu. Se tiene por cierto que fue Bodhidharma (Daruma o Damo en japonés), un monje que llegó a China procedente del sur de la India en el siglo V de nuestra era, el primero que enseñó a sus discípulos una serie de ejercicios físicos y posturas para fortalecer el cuerpo, inspiradas en la observación de la naturaleza y en los movimientos de algunos animales, como una preparación a las prolongadas jornadas de meditación que realizaban. Es probable que él haya sido el heredero de una larga tradición que enseñaba la unidad intrínseca de la energía vital del hombre. Se dice que Bodhidharma, después de un largo entrenamiento, se deshizo de todo pensamiento, guardó silencio y meditó durante nueve años en la región de Shaolin. Es por esto que se le considera como el creador del Kung Fu y el padre de las artes marciales orientales. Porque este entrenamiento, aunque pensado en servir al hombre que busca la serenidad en la meditación, pronto se usó para aleccionar al hombre que debía enfrentar la violencia o la ruptura de ese estado de serenidad. Ese hombre que busca la virtud y la verdad debe enfrentar las vicisitudes de la vida y su corazón debe estar preparado para esa misma realidad. El mismo entrenamiento que lo hace sensible a la belleza y a amar la paz, debe prepararlo para enfrentar el dolor y la muerte. Por eso un hombre de paz se convierte en guerrero, porque los guerreros se entrenan para ser mejores, pues deben tener el cuerpo presto para la acción, la mente lista para la respuesta y el espíritu preparado para decidir el camino. Sólo un espíritu que busca la armonía puede decidir qué camino tomar en la encrucijada, sólo una mente instruida puede entenderlo y sólo un cuerpo vigoroso puede recorrerlo. ¿Cómo es que se fortalece el espíritu? ¿Qué refleja el cuerpo de lo que existe en la mente y el corazón? ¿Qué ignorado mecanismo hace que entrenar el cuerpo provoque cambios en el alma? ¿Por qué un corazón pacífico nos parece bello? ¿Por qué la contemplación de la belleza inspira paz? ¿Cómo es que el perdón genera tranquilidad? ¿Qué hace que el espíritu, si es que existe, determine la expresión, la voluntad, la mirada de un hombre? Quizás sólo tengamos una respuesta intuitiva para estas preguntas, pero una respuesta igual de válida a través de siglos y distancias y vigente para el hombre de cualquier época. Somos buscadores de armonías y vamos en ese camino. Unos a tientas, otros con más luz; pero todos en el mismo sendero inalienable de esfuerzo y superación, en un irrenunciable compromiso de progreso personal. Un deber y un privilegio. Algunos le llaman DO. Rodolfo Paredes, Agosto 2009 |














